Un contragolpe

Foto: Daily Mail

En cierta ocasión leí, no sé dónde, que "¿cómo vas a saber lo que es la vida si jamás jugaste al fútbol?" Frase con la que coincido al 100%, ya que pienso que no hay nada que puedas encontrarte en la vida que no esté en un campo de fútbol. A veces, incluso, se dan las circunstancias para que un cúmulo impresionante de emociones infinitas y contrapuestas se concentren en lo que dura un contraataque.

Grandes hazañas en el mundo de fútbol puede haber miles. Goles que han dado ligas en el último segundo, campeonatos del mundo decididos en dramáticas tandas de penaltis, remontadas de infarto... pero pocos hechos ha habido que me hayan llegado tanto (y que acabe de usar la primera persona ya dice mucho) como aquel contraataque que tuvo lugar el 12 de mayo de 2013 en Vicarage Road, Watford.

Después de una larguísima temporada regular de 46 partidos, Watford y Leicester quedaban emparejados en una semifinal que decidiría quién de los dos pelearía días después ni más ni menos que en Wembley contra el Crystal Palace por un lugar en la primera división del fútbol inglés. En el partido de ida, el Leicester había vencido al Watford 1-0 con un doloroso gol en los últimos minutos, pero los del norte de Londres confiaban en la remontada tres días después. 

Aquel domingo, a la 13:30h de la tarde, un Vicarage Road que aún no había sido reformado y que destilaba olor a fútbol inglés por todas sus esquinas, estaba a rebosar de aficionados hornets que soñaban con un resultado que les diera el billete a Wembley. 

Y no pudo empezar mejor el partido para ellos, ya que al cuarto de hora, el checo Matej Vydra igualaba la eliminatoria y hacía llevar el delirio a la grada. Sin embargo, tan solo tres minutos después, David Nugent empataba y rebajaba la euforia de los locales, que ahora necesitaban no sólo ganar, sino hacerlo por dos goles de diferencia. Y así se llegó al descanso. La segunda parte fue digna de ver, pero la resumiremos en que Vydra, en el minuto 65, lograba un gol que aún daba ciertas esperanzas a la remontada del Watford. Y se alcanzó el 90. Y el árbitro descontó 4 minutos.

El Leicester, obviamente, trataba de perder tiempo y el partido llegó al 95. En ese minuto, con el tiempo ya sobrepasado, Knockaert (Leicester) entra en el área visitante y Cassetti (Watford) le pone levemente el brazo por encima. El árbitro Martin Oliver, de 28 años, señala penalti. Los aficionados desplazados del Leicester, que estaban a escasos cinco metros de donde se había producido aquella acción lo celebran como si ya hubieran ascendido en Wembley. El partido ya estaba muerto, no había tiempo para más. Iban a ganar la eliminatoria y encima disponían de un penalti a favor, que sería lo último que tuviera lugar en aquel partido. La desesperación y las lágrimas en los locales. Les faltó un gol.

Foto: Zimbio.com

El propio Knockaert iba a lanzar el penalti. En la portería Manuel Almunia, pamplonés, con cara de querer que la agonía terminara pronto. Coge carrera el francés, dispara raso, fuerte, al centro con su pierna zurda. Almunia no adivinó el disparo y se lanzó hacia la izquierda. Sin embargo, con la punta de su pie consigue tocar el balón y evitar que entrara, aunque el rebote, ese balón muerto que aún disponía de cierta vida, caía a los pies de Knockaert, que vuelve a fusilar a Almunia a un metro escaso de la linea de gol, mas el portero del Watford consigue ponerse de rodillas en un cuarto de segundo y detener con el pecho, como los héroes, el segundo disparo. El balón queda rechazado y un defensor del Watford lo envía tan lejos como puede, al menos para que Michael Oliver dé por concluido el partido con la victoria por 2-1. Insuficiente, pero victoria.

Aquel pelotazo del defensor le cae a Ikechi Anya (Watford) a 70 metros de la portería contraria, pero él consigue controlarlo y arrancar como una flecha, en la carrera de su vida, por la banda derecha hasta pasar el esférico a Forestieri, que envía el balón, su corazón y el alma de 10.000 personas al área rival, donde aparece Hogg para anticiparse al portero del Leicester, y dejar esa bola para que Troy Deeney, en el golpeo de su vida y ¡15 segundos! después de aquel penalti, marque uno de los goles que aún me hacen casi llorar cada vez que lo veo. 

Se habían descontado 4. El árbitro prolonga uno más y el equipo que tiene todo a favor dispone, además, de un penalti. Falla ese penalti, falla el rechace con el portero en el suelo y se monta un contraataque de locos que acaba en lo que nadie hubiera imaginado un minuto antes.

Deeney marca y ya no es Deeney. Es un ente preso de algo parecido a un estado superior de euforia, con la mirada perdida, se quita la camiseta sin darse cuenta y se tira a la grada en una especie de suicidio de placer. La gente grita, la gente llora, la gente salta, la gente no sabe bien qué es lo que ha pasado pero sabe que es algo muy grande. La gente se sale de su cuerpo de hincha y saltan institivamente al césped con los brazos arriba y las manos en la cabeza a celebrar algo que aún no han tenido tiempo siquiera de asimilar. Knockaert, con cara de cadáver, no ha sido capaz ni de moverse del punto donde Almunia paró el balón y movió montañas. Gritos, caras desencajadas de la alegría, el cielo separado 100 metros del infierno. La vida en un contragolpe.


Y así se vivió el mismo momento pero desde la grada local:



Epílogo:
El Watford jugó aquella final por el ascenso en Wembley frente al Crystal Palace, pero la perdió. En la prórroga y (la vida) por un penalti que no pudo parar Almunia. Hoy, cuatro años después, son un equipo consolidado de la primera división inglesa.
El Leicester ascendió como campeón un año después de aquel contragolpe y en 2016 protagonizó una de las hazañas más grandes del fútbol mundial al ganar la Premier League y disputar la Copa de Europa.

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